EL HOMBRE DE MUCHOS OFICIOS
.
Ese hombre era mi padre; siempre decía dos cosas, aparentemente contradictorias con relación a él mismo: "Hombre de muchos oficios, pobre seguro" y otro que decía que "el oficio que alimenta al dueño, es un buen oficio"
El Pueblo de nacimiento de mi padre que fue el mismo donde vivió toda su vida, en la época de mayor esplendor nunca llegó a los doscientos cincuenta habitantes.
Pepe, que así se llamaba, era CARPINTERO, en éste oficio lo que más le gustaba era hacer muebles, pero lo que más hacia era amaderamiento de casas, para lo que serraba la madera de los trozos de castaño a mano, siempre ayudado por otro. Algunas veces le ayudé yo mismo.
También trabajaba de pedrero y albañil, si el momento lo requería.
Tenia una fragua o forja donde hacia herramientas, herraba carros, y arreglaba aperos de labranza.
Pero de lo que quería hablar aquí hoy era de su faceta de constructor de ataúdes, y como desarrollaba esta labor. Los ataúdes de fábrica no se empezaron a comercializar en la zona hasta los años sesenta, finales.
Cuando moría una persona en la aldea, lo primero que se notaba, era el revoloteo de la muerte sobre la misma, y las campanas de la Iglesia, con su toque de "sinos", contribuía al encogimiento y cualquier muerte era tenida como de la familia, aunque no lo fuera.
Entonces de forma invariable, en nuestra casa siempre sucedía el mismo.
En el lugar donde Pepe tenia el taller, que era en el corral de la casa, comenzaba a oírse el siseo del serrón, y el golpeteo de un martillo, siempre en el más absoluto silencio. Cuando había un muerto en la aldea, por respeto al mismo y a la muerte, los animales e incluso los pájaros dejaban de oírse. Si acaso al anochecer se oía algunas veces el lamento de un perro, como si estuviese avisando al contorno de lo que había pasado.
Los ataúdes siempre los hacia de madera de chopo, porque es una madera, que una vez enterrada se pudre con facilidad y rápidamente. Durante el proceso de podredumbre, un par de años después de enterrado, era cuando en el cementerio, algunas noches se veían los fuegos fatuos.
Creo que nunca, mi padre, cobró por hacer aquel trabajo, y en la mayoría de los casos, tenia que aportar él la madera, pues casi nunca, la familia del muerto, la tenia. Tampoco la cobraba, aunque siempre decía que si alguna vez podían le entregasen un trozo de chopo. Y en plan de broma apostillaba:"por si hay que hacerte un traje a ti".
Mientras mi padre hacia el ataúd unos hombres, que casi siempre eran los mismos, hacían "a cova" .
Pepe, que era un hombre bastante parlanchin, en aquellos momentos se volvía taciturno, y yo recuerdo que en más de una ocasión, no fue capaz de contener una furtiva lágrima, tratando de evitar que nadie la viese.
Por cierto. Se llamaba Pepe incluso el diecinueve de Marzo.
Un recuerdo cariñoso, Pepe para ti y para Dolores.

