DEDICADO A VIEJOS CAZADORES, SOBRE TODO A “O FERREIRO Y XERIA”
( Como sé que Kiko, a veces lee estas cosas, es para que aprenda de los viejos)
Aquella tarde la pasamos cargando cartuchos. Habíamos ido a Portugal, concretamente a la aldea cercana de A Moimenta a comprar pólvora blanca para recargar los viejos cartuchos de cartón. Teníamos plomos del número cinco y unos pistones que habíamos conseguido a través de un amigo que trabajaba en una fábrica de explosivos del País Vasco y queríamos esmerarnos, pués al día siguiente iríamos de caza con nuestros amigos Teófilo y Cándido al pueblo vecino.
No debíamos ir allí y volver de vacío. Ellos, los del pueblo vecino, presumían de ser buenos cazadores, y de tener buenos perros y sobre todo mucha caza en la zona llamada La Hucha.
Mi hermano Xería y yo, cargamos cartuchos para llenar las dos cananas, treinta cartuchos cada una, y al llenarlas ya le hicimos nuestro peculiar “abenzoamento”, que consistía en recomendarle a cada cartucho, que debería abatir cada uno una pieza.
No es fácil “abenzoar” y que resulte, hay que practicar mucho.
Aquella noche, estuvimos los cuatro jugando unas manos en el Bar de Caxera, y frotándonos las mismas anticipadamente, por la buena cacería que haríamos el día siguiente.
Madrugamos, y en el viejo Seat 124, nos desplazamos hasta el Rachado, lugar donde lo estacionaríamos durante el tiempo que durase la cacería.
La merienda la llevábamos repartida, por aquello del peso, a mi me tocó llevar la bota y la fruta, Cándido y Xería llevaban los bocadillos y Teófilo su sempiterno termo con café calentito. En el mes de Diciembre se agradece al final de la merienda un café calentito.
Ellos tres irían por la parte baja del monte, pués fundamentalmente cazarían conejos, porque sus perros eran especialistas en estos lepóridos, y yo iría por la zona alta donde había rastrojos. Era el primer día que cazaba con un hermoso Perdiguero de Burgos, que respondía al nombre de Sol, y quería ver como se portaba él solo.
Ellos iniciaron la cacería ya allí mismo por los prados que bordean el río Pequeño y el Sol y yo cruzamos por encima de los restos del deteriorado castro prerrománico, camino de los primeros rastrojos.
Cuando estaba coronando el altozano que separa la zona de prados de las tierras de centeno, ya escuché los dos primeros disparos, por la parte baja. El perro se quedó atento y pendiente de más disparos, lo que me confirmó que por lo menos, a los disparos no le tenía miedo. Ya era algo.
Al llegar a la mitad de unas tierras en una vaguada, el Sol dio muestras de que algo había andado por allí, lo seguí durante unos metros en dirección a un matorral, donde se quedó clavado estirándose como si quisiera separar la cabeza del cuello.
Incité al perro a entrar en el matorral, y de súbito se arrancaron una docena de perdices, justo delante de las narices del perro. Aquí quedaría muy bien decir que le puse los puntos a una perdiz que iba de frente, que fue alcanzada por la munición del cinco, y a renglón seguido enfilé otra que iba en diagonal hacia la izquierda, que corrió la misma suerte.
El perro se portó, pues cobró las dos en el mismo orden de derribo.
Para no hacer pesada la exposición y no presumir demasiado, diré que cuando llegué al final de los rastrojos ya llevaba cuatro perdices.
De los compañeros de cacería no volví a escuchar ningún tiro, y tampoco sabia por donde andarían al mediodía, cuando decidí subir de nuevo por los rastrojo, deshaciendo el camino que había seguido por la mañana. Cuando iba cerca de una tierra que había solitaria, le vi las orejas a un conejo que seguramente se iba zafando, y sin pensarlo mucho le disparé. Se acercó el Sol al lugar donde había tirado después de una breve muestra, se inclinó y sacó casi escondida por sus belfos, una hermosa liebre, que yo había confundido con un conejo.
Aquello ya comenzaba a pesarme, pués todo iba colgado de la cartuchera y el peso se cebaba con mi cintura. A todo esto no había podido comer la merienda, ges yo no la llevaba, claro que los otros no podían beber vino por que lo llevaba yo.
En el recorrido que estaba haciendo hacia el punto inicial, solo diré que abatí otras tres perdices, y ya casi en el castro se me cruzó un conejo que pasó a mi cintura, casi a mi pesar en aquel momento, pués el peso ya me molestaba.
Decidí irme al lugar donde habíamos dejado el coche, y no cazar más aquel día, se había dado mas que bien y ya eran cerca de la cinco de la tarde.
Llegué de nuevo al Rachado, y me desembaracé de todo el peso que llevaba, escopeta, cartuchos y caza, por cierto que llevaba nueve piezas y había disparado diez cartuchos.
Como no tenia nada mejor a mano, me comí un par de manzanas, y cuando estaba descansando sentado al lado del coche apareció uno de los perros de mis compañeros, lo que indicaba que estaban a punto de llegar.
Cuando llegaron, Cándido y mi hermano ya venían riéndose. Traían uno ocho piezas y el otro nueve y ante mi comentario de abusones me contestaron, ¡esperate que llegue Teofilo!. Cuando llegó llevaba ni más ni menos que doce conejos, algunos ya los traía en la mano pués a la cintura le molestaban.
Echaron un trago de vino, pués habían comido sin él, y a mi me dio O Ferreiro un buen sorbo de café, que calentito me sentó de maravilla.
Subimos al coche y cuando llegamos a medio kilómetro de Hermisende, Cándido y Xeria decidieron colgarse toda la caza a la cintura, e irse a tomar una cerveza al Bar de O Grilo. A aquellas horas debería estar lleno de contertulios.
Teofilo y yo pasaríamos en el coche hasta Fondo de Vila, donde les esperaríamos.
Cuando se volvieron a juntar con nosotros, no cabían de gozo en si mismos, pués al parecer había bastantes cazadores en el bar, pero sobre todo estaban dos que al parecer eran muy envidiosos y según palabras de Cándido:
¡Si hubiesen tenido cuchillos en la mirada, ahora mismo estaríamos asesinados!