GRANDES CONFESIONES (Relato publicado en Mexico)
Aventuras y desventuras de un monaguillo del siglo pasado, venido a menos.
Introito.-
Como estas aventuras serán traducidas a casi todos las lenguas del mundo, incluidas la muertas, es por lo que quiero situar, geográficamente al querido lector, al que tanto deberemos y al que nos debemos.
El personaje de esta historia, había nacido, en el famoso Val dos Marcos, situado exactamente donde el río Tuela conduce las aguas de la sierra acotada por la portillas del Padornelo y de la Canda,a Portugal. Estas portillas, según la radio de galena de Dn. Dario, en invierno, cuando los del “parte” hablaban de las carreteras, siempre decía que estaban cerradas con cadenas.
Estamos por lo tanto, en medio de la montañas, entre la Sierra de Marabón y la Escusaña, por donde discurre la “raia” con Portugal.
Una fría mañana de invierno, con una capa de nieve sobre las montañas, de unos cincuenta centímetros, en el pueblo, estando todavía, este que os lo cuenta, en la cama, con todas las mantas enroscadas en el pescuezo, entró mi madre, y despertándome me dijo que me levantara y bajase al corral, donde mi padre estaba haciendo un carro para un vecino, pués allí estaba Don Manuel que quería hablar conmigo.
Yo acababa de cumplir siete años, y estabamos preparándonos para hacer la primera comunión, y pensé que el señor cura querría darme algún consejo.
Después de levantarme, pasé las manos un poco mojadas en al agua de la palangana, por los ojos, y subiéndome los tirantes baje al corral.
Allí estaban Don Manuel y mi padre, éste peleándose con una “camba” y el otro fumándose un “caldo de gallina”.
Di los buenos días a mi padre y besé la mano del señor cura.
Entonces este último, entregándome un libro me dijo. Apréndete de memoria todo lo que te he subrayado, pués tienes que ser mi monaguillo, el que hay ahora se va a la mili. Si tienes problemas te ayudará tu padre, pués él también sabia ayudar a misa.
Después de unos días, y de memorizar todos los días las contestaciones en latín y escenificar con mi padre la misa, éste consideró que ya podía ayudarle a misa al cura.
Había misa todos los días, a una hora bastante intempestiva, las ocho de la mañana, sobretodo en invierno, pero yo estaba contento por que el cura decidiera elegirme su monaguillo. Le dije a don Manuel que podía ayudarle cuando el quisiera, y me contestó que el siguiente domingo seria mi estreno, aprovechando que ese día haríamos la primera comunión los tres o cuatro que hacíamos los siete años .
Llegó el domingo, y ya la noche anterior, casi no conseguí dormir, pués se había apoderado de mi una extraña cosa, mezcla de miedo y alegría. Miedo por temor a hacerlo mal y alegría por estrenar un quehacer nuevo junto con que iba a hacer la primera comunión.
Esa desazón la he vuelto a sentir mas tarde, siempre las vísperas del primer día de caza.
Me levante casi dos horas antes de lo previsto, y la hora en que sonasen las campanas, debió de durar casi una eternidad. Llegue a pensar que los relojes se habían parado, o que el cura se había dormido.
Por fin sonaron los tañidos de la campana grande, llamando a misa, y cuando yo llegué a la iglesia, todavía no estaba don Manuel, el que tocaba era el Sacristán. A los cinco minutos y coincidiendo con el segundo toque de campana, llegó el Párroco.
Me dijo que entrase con él en la Sacristía, que me iba a confesar, mientras le ayudaba a vestirse las ropas de misa.
Efectivamente me hizo dos o tres preguntas, mientras me iba diciendo el nombre de cada prenda que se iba poniendo.: Amito, Alba, Cíngulo, Manguito, Estola, etc. Y cuando termino con lo uno y lo otro, me mando poner de rodillas para la Absolución y me dijo : Ahora mientras cantamos los responsos, sales fuera y rezas tres Padrenuestros. Cosa que seguí al pié de la letra, salí fuera de la Iglesia, al atrio en al que también estaba el cementerio, y muy concentrado me dedique a rezar los Padrenuestros, sin prestar atención a todos los que me hablaban.
Hay que decir que antes de que comenzase la misa, el cura y el sacristán, el primero con ropas de difuntos y el segundo armado con el hisopo, se ponían a un lado del Altar, y las mujeres iban subiendo hasta allí para entregarle unas monedas en la mano libre del Sacristán. Entonces el cura cantaba un responso por los familiares muertos de la donante. Normalmente la donación era alguna moneda de céntimos, al final llegue a saber cuanto daba cada señora, por la forma de cantar del cura y por el tipo de oración. Si la moneda era de peseta, la cantinela era mayor y si era de “duro”, entonces la cosa ya era de Manolo Caracol.
Bien, el primer día de “axudar” a misa pasó, mis nervios se calmaron y el “pater” como recompensa me dio dos reales en monedas de diez céntimos , y esto quedó instituido para cada día de la semana, los domingos la asignación era de una peseta (una rubia), los días mas especiales (bautizos, bodas, entierros y similares) llegaba la recompensa a un duro, cosa que se repetía el día de la fiesta mayor, aunque en este día como era misa concelebrada por tres curas cada uno aportaba su duro.
Una de las cosas que nunca averigüe, fue si le pagaban al sacristán. No hacia mucho y cantaba bastante mal.
Todo el dinero que me daban iba a una caja de zapatos, donde se iba acumulando.
Pasados dos años, cuando tenia nueve, a mis padres les dio por obsequiarnos a mis dos hermanos y a mi con una hermana. Alguien decidió que yo debía ser el padrino. El día del bautizo todo mi capital fue tirado por los aires al resto de los niños y no tan niños. Sucedió que cuando arrojé el último puñado de moneditas, yo también salí disparado a coger alguna, con algo de trampa, pués como tenia la intención de salir tras las monedas, las lance, a un lugar donde nadie las esperaba, y fui el primero en llegar. Creo que conservo las dos o tres monedas.
En este tiempo, el cura y mi madre habían decidido que yo debería ir al seminario, cosa que un día me propusieron, diciendo D. Manuel, que él tenia amigos en el citado lugar, pués como había estudiado allí, conservaba amistades y que no habría problema para ingresar. Mi madre estaba encantada y mi padre callaba. Yo no sabia que hacer.
Algunas cosas de lo que debía ser un sacerdote ya tenia idea de ellas. Llegué a la conclusión que aquello era muy duro para mi, pués entre otras cosas me gustaban las chavalas, cosa al parecer incompatible con el sacerdocio. Dije que no queria ir. Enfado de Dn. Manuel y mi madre y apoyo por parte de mi padre.
En aquel año, o en el siguiente, no lo recuerdo muy bien, mis padres de acuerdo con un hermano de mi padre que era Guardia Civil, me llevaron para Zamora, la capital de la provincia del mismo nombre.
Yo iba de monaguillo a una iglesia de las muchas que había, me pagarían 24 pesetas al mes e iría a una escuela para monaguillos. La cosa pintaba bastante bien.
Cuando llegué a Zamora, el choque fue bestial. Calles asfaltadas, algún que otro coche por las calles, eso si el autobús que recorría la capital daba vueltas y mas vueltas, yo tenia la sensación de que pasaba siempre. La paredes de los edificios, que eran más altos que la torre de la iglesia del pueblo, estaban todos con unas marañas enormes de cables, que descubrí que eran para la luz de las casas y de la calle, cosa que me dejó un poco desnortado, pués en el pueblo la luz era de candiles y en la calle solo la había cuando la luna no estaba cubierta por las nubes.
La gente deambulaba constantemente por la calle, iban de un lado para otro, sin herramientas al hombro, y con corbata como el día de la fiesta en el pueblo. Aquello era la leche pués allí se debía vivir estupendamente.
Al día siguiente de haber llegado, fui a la iglesia donde iba a ser monaguillo, con otro monaguillo vecino de mi tío, que era el que me había buscado aquello.
El primer problema fue adaptarme a hablar castellano todos los día, pués en el pueblo se habla Gallego-Sanabrés. Desde el primer día ya me quedó el nombre de Gallego. Que nadie preguntase por mi nombre, siempre le dirían que no me conocían. Yo era el Gallego.
Resultó que allí la forma de ayudar a misa cambió un poco, a como yo estaba acostumbrado. Primero me metieron en una especie de sotana de color rojo, que en la iglesia nunca se quitaba, y encima una prenda blanca llamada Roquete. Tardé algo en acostumbrarme.
La recepción entre los colegas fue memorable, me dijeron que harían una cadena con las manos de todos y que cuando todos estuvieran agarrados unos a otros y el primero tocando la pared de la escuela entonces yo le tenia que dar la mano al último. Organizaron la cadena y el último fue mi valedor. Yo me acerque y cogí la mano que me tendía, la descarga eléctrica fue tal, que aún hoy siento el hormigueo. El primero estaba cogido a un bajante de aguas pluviales, sobre el que pasaban cables eléctricos y con el roce alguno de los cables pasaba la corriente al bajante, que era de hierro, y por lo que descubrí mas tarde era un divertimento cotidiano, entre la chavaleria.
Las cosas para mi en aquel año que duró la experiencia, cambiaron mucho, y desde aquí quería recordar al MAESTRO, que nos daba clase. Era un maestro contratado por el obispado para dar clase a los monaguillos de Zamora, que había sido expulsado del Magisterio nacional por sus ideas políticas.
Con él aprendí que en matemáticas había más que las cuatro reglas, los quebrados, las raíces cúbicas, El Algebra. También que la mejor forma de acordarse de las formulas geométricas lo mejor era aprender a desarrollarlas. Creo que adquirí mas conocimientos en un curso con él, que en todos los años anteriores, con las maestras de la sección femenina.
Quede aquí mi fervoroso recuerdo.
Llegó la Semana Santa, la de Zamora era y sigue siendo especial.
El día de Viernes Santo, los monaguillos de la iglesia donde yo prestaba mis servicios debíamos participar en la “Procesión del Silencio”
Comenzaba a las diez o las once, y terminaba a la tres o cuatro de la madrugada, y la procesión recorría gran parte de las calles de la ciudad, lo que quiere decir que cuando terminamos nosotros no podíamos con nuestro espíritu, el alma pesaba y el cuerpo mucho mas.
Una vez recogido lo que se llamaba “el paso” pasamos todos a la sacristía, donde había unas grandes bandejas llenas de pasteles y unas cuantas botellas de vino dulce que habían traído unas cuantas señoras habituales de la iglesia. Digamos que de misa diaria.
Entonces uno de los monaguillos mas veteranos, en cónclave monaguillil, dijo que cada uno procurase coger la mayor cantidad de pasteles que pudiese que el ya tenia una botella de vino, pués de allí nos hacharía rápido y lo mejor era irnos antes. Nos veríamos en la torre del campanario para comer los pasteles y beber el vino de Malaga.
Conseguimos para los tres una docena y media de pasteles, que nos zampamos, en las escaleras del campanario junto con la botella de vino que al poco rato comenzó a hacer sus efectos en todos. Nosotros, pués entre caídas, risas y alboroto, los de la sacristía nos descubrieron, y al querer obligarnos a salir lo único que consiguieron fue que buscásemos donde escondernos, y cada uno eligió el lugar que tenia más a mano. La iglesia era del siglo XII y tenia un montón de recovecos para nuestro propósito. Uno de los lugares escogido por nosotros fue un cuarto donde todo el año reposaban las imágenes del “paso”.
De repente salió uno de los curas de un rincón bastante enfadado, no llevaba sotana y detrás de él una mujer ligeramente despeinada, a la que según él, estaba confesando, y nosotros habíamos interrumpido el sacramento.
Salimos del cuarto, directos a la calle, los efectos del vino se nos habían pasado en un santiamén, y después de comentar lo acaecido y reírnos un poco cada uno se fue a su casa.
Por el camino pense que había hecho muy bien al no querer ir al seminario.
A partir de aquel momento, los tres monaguillos nos peleábamos por ayudar a misa al “confesor”, nombre que nosotros usábamos para referirnos a él, puesto que por un extraño sortilegio siempre nos daba una “rubia” al final de la misa.
“Catilina mala facinora edocebat juventutem meam “
Posted by
Xabrés da Teixeira
at
23:19:16
|
Permanent Link
|
|