Acaeció hace algo más de dos siglos. Está recogido en los escritos que se conservan del muy respetado enclave Templario, allá en Cancelada en la parte norte de Tras os Montes, franqueado por las tierras de Val dos Marcos y las no menos famosas de la Monumental Cigadonha.
Aquella documentación, casi por casualidad, llegó a mis manos, y me gustaría contaros aquí una parte, pequeña, de lo que he leído.
Se refiere el documento a la época en la que Templarios, Rosacruces y Masones todavía no estaban tan separados como parece ahora. Advierto esto porque la relación entre estas organizaciones, no estaba muy separada en el momento en que ocurrieron los hechos.
HISTÓRIA:
A la mansión llamada templaria, que en realidad era un enclave de iniciaciones de las Ordenes citadas con anterioridad, había llegado un ricohombre del interior de la península Ibérica, a completar su formación que le llevaría a integrarse en los Iluminados bajo la tutela de uno de ellos de origen portugués, que a la sazón era el Gran Maestro de la comunidad de Cancela y del Castro de Trasil, que formaban el triangulo perfecto con el de Formigoso.
El aspirante, al que llamaremos Güelindo, llegó al lugar recomendado por su maestro ^Zonde^, al maestro de él mismo, al que llamaban Menhor. Este último, en realidad, desconfiaba de la buena voluntad de Güelindo, por lo que lo sometió a una prueba, dejándolo solo por un tiempo en el recinto, advirtiéndole de que no debería entrar en su cuarto ges podía ser perjudicial para él.
Pasaron unos cuantos días, y cuando Menhor estaba a tres días del regreso, decidió, en contra de lo prometido por él y lo solicitado por su instructor introducirse en cuarto vedado.
Encontró encima de la mesa un libro, abierto y comenzó a hojearlo, sin poder comprender nada, pues era una mezcla de letras, números y signos extraños para él, hasta que llegó al siguiente pasaje:
Cuando o discípulo ja está iniciado e preparado, abre a porta da alacena, encende as lampadas e ponle nas siens, unhas pigadas do elixir. ..–.-.—.–.., 1m’..-3–,,mma2 ,
—, r78uwq, —,.d.–. Proválo de maneira repetida hasta que se afaga as aspiraçois o estático liquido, pois é buscar, non a vida, senon a morte.—.
Güelindo no pudo continuar su información porque a partir de ahí todo volvía a ser incomprensible para él.
A la media noche volvió a entrar en el cuarto prohibido. Preparó nueve lámparas en la mesa, las encendió. Entraban los rayos de luna de vez en cuando, pues esta se dedicaba a esconderse y volver a asomarse detrás de los grandes nubarrones.De cada una de las lámparas brotó una luz azul, que al estar todas encendidas inundaban de luz toda la habitación. Aquella luz se fue tornando cada vez más pálida, mientras una nube pálida se fue extendiendo por la habitación. Un frío, un frío mortal se apoderó del aspirante, que de repente se dio cuenta de que estaba en peligro mortal., quiso caminar pero sus pierna se habían puesto rígidas y casi no podía andar. Así y todo consiguió llegar a la Alacena donde estaba el elixir, y después de beber un poco del líquido espirituoso y frotar las sienes con el elixir, se sintió con la misma sensación de vigor de cuando era joven, alegre y ligero. Con aquella nueva fuerza se sintió con fuerzas para continuar y cruzando los brazos sobre el pecho y plantándose en medio de la habitación esperó el resultado de todo.
El vapor había tomado la forma de una nube de nieve y por entre la misma las lámparas brillaban como estrellas. Entonces aparecieron unas formas etéreas, parecidas a formas humanas, que hacían diferentes evoluciones y cabriolas en medio de la nube.Las formas eran transparentes, y se contraían y dilataban como serpientes.Todo era muy agradable incluso el murmullo que le parecía percibir y todo le sumergía en una dicha absoluta, aunque las formas parecía que no reparaban en él.Las sombras se deslizaban por el interior de la estancia, hasta que de manera simétrica iniciaron una especie de procesión por la ventana en dirección al naciente, y se dirigían al lugar donde brillaba la luna. Las siguió con la vista hasta que desaparecieron, entonces en la ventana apareció algo muy oscuro que de súbito cambió su estado de felicidad por el de terror. Parecía una cabeza humana cubierta por un velo negro. No se distinguía en aquel rostro nada mas que unos ojos a los que no se le podía aguantar la mirada, pués tenían un brillo infernal.El fantasma penetró dentro del cuarto. Su cuerpo se ocultaba bajo un velo como su cara y por su forma se adivinaba que era el cuerpo de una mujer, aunque no se movía como las apariciones que imitan a los vivos, sinó que parecía que era un enorme reptil.Se acercó a la mesa dónde estaban las lámparas que ya se extinguían, y fijó sus llameantes ojos en el rostro del invocador.Todo en aquella aparición era aterrador, monstruoso, y aquellos ojos solo reflejaban malignidad, la malignidad mas grande que pudiese haber, parecía concentrada en ellos.
Se acercó a Güelindo, que descubrió que aquello no era solo espíritu, sinó que parecía conservar restos de materia terrible y amenazadora enemiga de los hombres. Al invocador se le erizaron los cabellos, se le desencajaron los ojos, y solo quería desaparecer de allí, cuando la aparición le dirigió la palabra. Su voz parecía más bien que iba de un alma a otra más que al oído del desgraciado, cuando oyó que le decía:
Soy el espectro del Umbral. Has entrado e una región inmensa que no te pertenece. ¿Que quieres de mi? ¿Me temes? ¿No soy tu querida? ¿No has sacrificado por mí los placeres de tu raza? Si quieres ser sabio, ven; yo poseo la sabiduría de millares de siglos. ¡Bésame querido mortal!
¡Mientras esto decía la visión se fue arrastrando poco a poco hacia nuestro infortunado amigo y se puso a su lado, tanto que sintió en su mejilla el aliento de la terrible sombra!
Dando un desgarrador grito, Güelindo, cayó al suelo desmayado, y nada mas supo lo que allí pasó, pues cuando volvió a ser consciente se encontró en su cama cuidado por uno de los monjes de Cancelada. El sol entraba por la misma ventana por donde se había colado la terrible sombra, la misma por donde habían salido las dulces siluetas, que habia dejado salir.
El monje le entregó una misiva de Menhor, que le invitaba a abandonar el lugar, pués, según la carta jamás le volvería a ver. La confianza solo se pierde una vez.