CADA UNO A LO SUYO
LAS APARIENCIAS ENGAÑAN
Algunas veces las cosas no son lo que parecen.
Había una vez un “cristiano”, al que le gustaba el vino.
Era tanto lo que le gustaba , era tanto el enamoramiento del caldo, que cuando se encontraba con una botella, del mismo, siempre le sucedía igual. Se acordaba de los consejos que le daban los mayores, en el sentido de que era cosa de mala educación no terminar lo que se empezaba.
También consideraba, que era muy saludable el ejercicio de empinar el codo. Se cultivan unos buenos bíceps, y los músculos del cuello se fortalecen de tanto elevar la cabeza, para que no se pierda ni gota.
En una ocasión fue a comprar un litro de vino a la cantina, y para transportarlo a casa llevó una jarra de cristal de las de antes. Para ayudarse en el transporte, decidió desayunarse con un par de cuartillos de vino.
Una vez trasegados los dos cuartillos volvió a su casa. Aquel día había nevado y debajo de la nieve se escondía una fina capa de hielo.
Cuando llegó al inicio de la escalera, que llevaba al balcón de la entrada de casa, por culpa del hielo trastabilló y cayó hacia delante. Como llevaba la jarra en la mano, y el vino no es buen compañero de la nieve, levantó la mano y paró el golpe contra el primer escalón con la frente. Esto fue una suerte, pués no se cayó ni una pequeña gota a la nieve.
El chichón de casi dos centímetros, fue un adorno durante varios días. Eso sí aliviado con vino avinagrado todos los días.
Este “cristiano”, se puso un poco pachucho, y hubo de ser ingresado en un hospital.
Lo pasó muy mal. Lo pasaron mal sus amigos y familiares. Pués el pobre “cristiano” tenia apariciones dentro de la habitación del centro sanitario. Lo mas curioso era, que el tipo de apariciones no eran marianas, sinó, arañas, lagartos, y alguna que otra culebra, siempre con instintos asesinos.
Después de unos veinte días, desaparecieron las apariciones, se encontró bien, y los galenos decidieron que ya podía volver a su casa. Eso sí, debería seguir una dieta durante un tiempo, en la que sólo entraba agua, a cualquier hora del día. El vino no era bueno para el hígado.
Cuando llevaba ya un mes siguiendo la dieta a rajatabla, la mejoría era tan evidente, y su estado era tan bueno que un amigo le quiso dar un consejo.
- Ves, que bien estás ahora, no debes volver a beber, para que no te pongas tan mal como antes.
- No,-contesto él- No fue el vino. ¡Fue una cosa del hígado!.
.
Algunas veces las cosas no son lo que parecen.
Había una vez un “cristiano”, al que le gustaba el vino.
Era tanto lo que le gustaba , era tanto el enamoramiento del caldo, que cuando se encontraba con una botella, del mismo, siempre le sucedía igual. Se acordaba de los consejos que le daban los mayores, en el sentido de que era cosa de mala educación no terminar lo que se empezaba.
También consideraba, que era muy saludable el ejercicio de empinar el codo. Se cultivan unos buenos bíceps, y los músculos del cuello se fortalecen de tanto elevar la cabeza, para que no se pierda ni gota.
En una ocasión fue a comprar un litro de vino a la cantina, y para transportarlo a casa llevó una jarra de cristal de las de antes. Para ayudarse en el transporte, decidió desayunarse con un par de cuartillos de vino.
Una vez trasegados los dos cuartillos volvió a su casa. Aquel día había nevado y debajo de la nieve se escondía una fina capa de hielo.
Cuando llegó al inicio de la escalera, que llevaba al balcón de la entrada de casa, por culpa del hielo trastabilló y cayó hacia delante. Como llevaba la jarra en la mano, y el vino no es buen compañero de la nieve, levantó la mano y paró el golpe contra el primer escalón con la frente. Esto fue una suerte, pués no se cayó ni una pequeña gota a la nieve.
El chichón de casi dos centímetros, fue un adorno durante varios días. Eso sí aliviado con vino avinagrado todos los días.
Este “cristiano”, se puso un poco pachucho, y hubo de ser ingresado en un hospital.
Lo pasó muy mal. Lo pasaron mal sus amigos y familiares. Pués el pobre “cristiano” tenia apariciones dentro de la habitación del centro sanitario. Lo mas curioso era, que el tipo de apariciones no eran marianas, sinó, arañas, lagartos, y alguna que otra culebra, siempre con instintos asesinos.
Después de unos veinte días, desaparecieron las apariciones, se encontró bien, y los galenos decidieron que ya podía volver a su casa. Eso sí, debería seguir una dieta durante un tiempo, en la que sólo entraba agua, a cualquier hora del día. El vino no era bueno para el hígado.
Cuando llevaba ya un mes siguiendo la dieta a rajatabla, la mejoría era tan evidente, y su estado era tan bueno que un amigo le quiso dar un consejo.
- Ves, que bien estás ahora, no debes volver a beber, para que no te pongas tan mal como antes.
- No,-contesto él- No fue el vino. ¡Fue una cosa del hígado!.
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Menos mal que cuando a uno le prohíben el vino, queda el whisky, el ron y el aguardiente para aliviar las penas por la pérdida del tintorro. (Comment this)
El segundo caso es mas reciente.
Un abrazo a los dos (Comment this)
BICOS MEU TIUUU!!
NANE NANE (Comment this)
Nane, seguramente a agua e a mellor bebida, e ademais necesaria, aunque un chisquiño de morapio, con cautela eso sí, tampouco está mal. (Comment this)
Ya te contare algún día Eva sabe algo. Un abrazo KIKO
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Nane Nane
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